Prohibido Compararse

Nos pasamos la vida comparándonos.

A las personas que tenemos alrededor.

A la gente que copa las portadas de las revistas y periódicos.

A la vida que muestra la gente en sus redes sociales.

A nuestros compañeros de trabajo.

A nuestra propia vida en el pasado.

Nos comparamos a todo lo que nos encontramos como por defecto y, en ese preciso instante, comienza el juicio.

Juicio contra nosotros y contra los demás.

Juicio que sólo causa sufrimiento, un sufrimiento absolutamente innecesario.

 

Me pregunto qué nos inclina tanto a compararnos, a buscar lo diferente y juzgarlo, a centrarnos en un aspecto microscópico de una realidad de compararlo a otro sin tener en cuenta todas las variables.

Supongo que nos educaron así desde pequeños, cuando parecía que sólo las notas numéricas prometían otorgarnos un valor tasado. Ahí parecía fácil comparar que si sacabas un 7 y medio, era mejor que un 7. Ahí parecía correcto que, cuanto más alta la nota, mayor crecimiento existía. Y digo parecía porque, después de coleccionar muchas cifras altas en mi carrera académica, cada día encuentro incluso este instrumento de “medida” más líquido: ¿De verdad podemos medirnos en números, aunque sólo “académicamente?. En fin, esto da para otro debate.

 

Lo que sí es cierto es que cualquier comparación supone un sufrimiento innecesario.

En mi trabajo como Coach, escucho millones de veces eso de: “Es que ABC tiene más – menos que yo”, “Debería ya estar en X posición”, “Debería casarme – tener hijos”, “Ya es tarde para mi” o incluso “Yo no valgo tanto como ABC, y por lo tanto, no puedo iniciar ABC”.

 

Veo a las mismas personas que se comparan fijándose en sus debilidades y comparándolas con las fortalezas de otros, en vez de salir al campo a luchar con lo que los hace fuertes (o a intentar descubrirlo), y conseguir lo que merecen.

 

Veo a las mismas personas que se comparan poner todo su enfoque en “lo malo” en vez de en “lo bueno”, en “lo que ha salido mal” en vez de “en lo que puede salir bien”, en lo que “les falta” en vez de en “lo que tienen”.

 

Veo a las mismas personas que se comparan dejar pasar instantes preciosos de su vida contemplando la de los otros o lo que creen que la suya “debiera ser”, lamiéndose las heridas en vez de besarlas y empezar a construir algo mejor, a su medida.

 

Veo a mucha gente haciendo de la comparación algo tan trascendental que viven su vida persiguiendo las expectativas de otros. Siguiendo en trabajos que odian porque “es lo que se supone que deben hacer”, casándose sin estar plenamente convencidos “porque es la edad de casarse” o dejando de lado sueños porque “qué pensarían los demás si fallo”.

 

Y así un día se levantan y tienen vidas estándares y emociones estándares, pero eso sí, todas dentro del guión, sin excesivo sufrimiento al establecer la comparación “con la media” – Aunque yo siempre me haya preguntado qué es la media al fin y al cabo.

 

Siempre he tenido pánico al concepto “estándar”, a dejarse llevar tanto por la comparación que dejemos que ella apague nuestra luz, lo que hay de distinto en nosotros, lo que hay de auténtico y especial, porque creo que atreverse a descubrirlo es lo que hace que la vida merezca la pena.

 

Para ser sincera, nunca he creído que las comparaciones sean útiles o aporten valor.

Si Picasso se hubiera comparado con Velázquez jamás habría sacado a relucir lo único de su obra, y nos hubiéramos perdido a un grande. Esto parece muy evidente porque ellos dejaron su huella plasmada en arte, en arte que podemos ver (e incluso tocar), pero nosotros también dejaremos la nuestra, tangible o no, y no será menos especial. Nuestro reto será encontrar lo que hace ella, nuestra huella, sea tan auténticamente nuestra que no pueda ser de nadie más.

 

Creo que “Vivir” requiere despojarnos de nuestra tendencia a la comparación.

Que nos requiere desnudos.

Con fallos, con imperfecciones, con historias distintas.

 

Creo que “Vivir” nos quiere valientes, con nuestras propias normas.

Que nos requiere nacidos de raíz y con nuestros tiempos.

Con años de sequía, lucha y largos inviernos.

 

Creo que “Vivir” nos requiere auténticos y sin miedo al qué dirán.

Que nos requiere libres.

Con problemas, con aventuras, con soluciones.

 

Vivir nos requiere peligrosamente nuestros.

Sin ser más ni menos que el resto.

Sin llegar pronto o tarde.

Sin tener mucho o poco.

Sin perder o ganar.

Sin nada que no sea “SER”.

Sin nada que no sea “EXPRIMIR” lo que podemos dar.

Sin nada que no sea “DISFRUTAR de la aventura de estar vivo, aquí y ahora”.

 

Seamos peligrosamente nuestros, aquí y ahora, en todos los instantes de nuestra vida.