La Importancia de Saber Frenar

Vamos corriendo a todas partes.

Al trabajo, a casa, al plan de turno.

La única rutina parece la prisa.

Y carrera a carrera a veces ni sabemos si la meta a la que nos dirigimos es la correcta.

Porque, bien podría pasar, que estuviésemos yendo realmente rápido, hacia ninguna parte.

 

Ése es el principal problema de la prisa.

Del perder la intención de lo que se hace.

Del no cortar de una actividad a otra.

De no refrescar nuestra mente y nuestro propósito.

De vivir “en piloto automático”.

Que, muchas más veces de las que creemos, vamos perdiendo el control de lo que sucede en nuestra vida y sobre cómo queremos reaccionar a lo que nos pasa.

Que, muchas veces, automatizamos nuestra vida hasta tal punto que nos perdemos momentos, instantes, cosas, que viven en el presente y dan a la vida un “nosequé” especial.

Que, sin darnos cuenta, dejamos de vivir con propósito y el sentido de lo que hacemos parece cada día más difuso.

 

El problema de todo esto es que un día te levantas, te preparas para iniciar tu carrera diaria, y de repente lo sientes.

Es una especie de vacío pero no quieres llamarlo así.

Te empieza a doler el cuerpo de una forma extraña.

Hay una voz que te dice que hace tiempo que no tienes tan claro a dónde vas o para qué.

Y es aterrador.

De un modo u otro ese día pierdes interés en la carrera porque hace tiempo que no sabes si realmente te pertenece.

 

Vuelves a pensar que eso que sientes es vacío, pero sigues sin querer llamarlo así.

Lo llamas “mal día”, “mala racha” o culpas al tiempo.

El cansancio se acomoda en tu cuerpo y no sabes exactamente cómo parar la maquinaria sin bajarte de tu tren de alta velocidad con destino cada vez menos conectado con quien eres o con quien quieres llegar a ser.

Sigues sintiéndolo como un vacío, pero no sabes muy bien de qué.

No es vacío de personas, o de experiencias, o de logros.

Pero es eso, vacío.

La velocidad tiene ese efecto, deja huecos en las experiencias que vivimos haciendo que no podamos saborear lo dulce del momento, como quien se come un postre de un bocado sin saborear sus matices y olvida que alguna vez pudo sentir su sabor.

El vacío no es de cantidad, sino de la calidad de los momentos.

No es de ausencia de cosas, es de falta de propósito.

 

Ese día te das cuenta que hace mucho que no te planteas el “por qué” en tu vida, porque de un modo u otro “nunca has tenido tiempo”.

Lo irónico es que ahora parece que el tiempo devora todos los espacios en los que “tendrías que estar produciendo” para intentar analizar qué pasa con ese vacío.

Tu “velocidad” te abandona en tu pérdida, y pasas a sentir el vértigo de frenar.

Nunca has visto la vida así, a esa velocidad en la que el tiempo es real, las personas tienen detalles y las cosas brillan diferente.

Frenar siempre ha estado fuera de tu zona de confort.

Y es aterrador.

Pero saltas, y frenas, porque es lo único que puedes hacer sin romperte.

Y ,  N A D A  C A M B I A  D E  U N  D Í A  P A R A  O T R O.

Pero un día te das cuenta de que respiras más calmado, y que el dolor de tu cuerpo se va perdiendo poco a poco.

Respirar, ahora eso te gusta, te hace sentirte vivo.  

¿Cómo nunca te habías fijado en algo tan simple?

Aparecen nuevos colores, y cosas, y momentos, y sentimientos y personas.

A estas alturas ya te has preguntado por “tu porqué” unas cuantas veces  - ¿cómo nunca habías tenido tiempo para esto?.

Empiezas a ganar claridad sobre la dirección a la que quieres dirigirte, y te preguntas ¿por qué ibas antes tan rápido a ese lugar que en realidad no te gusta?.

El tiempo parece cada vez más relativo.

Comienzas a ver la velocidad como una herramienta y no como una obligación.

Y eso a lo que llamabas vacío pasa a llenarse con “instantes”, con “momentos” con “anécdotas” y con un “para qué” más fuerte que nunca.

 

En ese punto, todo comienza de nuevo, a tu propio ritmo.

 

Pero no es necesario llegar a ese punto para ver la importancia de saber frenar en nuestra vida, y de avanzar a nuestros propios ritmos, con todas las pausas que necesitemos para poder, en efecto, “VIVIR” en mayúsculas.

 

No es necesario ser un gurú de la productividad para saber que velocidad y rendimiento no siempre van de la mano.

No es necesario llegar a desgastarse para darse cuenta de que necesitamos el descanso y las pausas para vivir dando nuestro máximo potencial.

No es necesario quemar la maquinaria para ver que opera mejor desde el respeto a sus propios tiempos.

 

Hoy puede ser el día que decidas abrazar tu ritmo.

Con pequeñas pausas cada hora para estirarte.

Con una nueva rutina de mañana que te permita ser más estratégico y preguntarte tus porqués.

Con pequeñas meditaciones diarias.

Con descanso de 8 horas.

Con transiciones que te ayuden a estar presente en el aquí y en el ahora, sin vacíos.

Con tiempos para hacer lo que sea que te haga feliz.

Con tiempos para respirar en el aquí y en el ahora.

 

Nadie como tú sabe cómo manejar tus tiempos para construir la vida que quieres vivir y convertirte en la persona que quieres llegar a ser.

Nadie como tú sabe el descanso que necesitas para disfrutar de todo lo que vives o podrías llegar a vivir.

Nadie como tú sabe el tiempo que necesitas para volver a poner la maquinaria en estado óptimo de funcionamiento.

Lo único cierto es que mejor ponerla cuanto antes y dejarla encontrar su propio ritmo y sus propias pausas.

Mejor ponerla todos los días a bailar con el tiempo que a correr tras él.

Mejor empezar hoy, antes de que el tiempo llame a tu puerta un día preguntando por todo aquello que no supiste vivir.

Mejor hacerlo por ti y para ti, en tus propios tiempos.  

 

¿Qué decisiones vas a tomar hoy para empezar a encontrar tu propio ritmo?