Brindo por Ellos

Por esos días en los que Nada Cambia y Todo es Diferente 

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Hay días que parece que la vida ha cambiado de un día para otro.

Esos días no suelen pasar cuando esperas que pasen, ni siquiera cuando quieres o cuando los necesitas.

Simplemente pasan.

Y, por mucho que hayas esperado, por más que hayas llorado o te hayas desesperado por encontrarlos, parece que nunca llegan tarde.

Nunca son como los esperas, tampoco como los imaginas.

Siempre escapan a tus cálculos y probabilidades.

Pero llegan, y se sienten por un momento como “magia”.

Llegan, y nuca te dejan indiferente.

 

Puede parecer como que esos momentos tienen que ser como una descarga de adrenalina, como un subidón de energía, pero a veces  simplemente te dejan mirando atardeceres con una sonrisa.

Pueden ser, incluso, momentos que te hacen quedarte dormida una hora más, pero con mucha más paz.

En ocasiones, tan sólo te dejan pararte a analizar lo lejos que has llegado cuando parecía que no te estabas moviendo a ninguna parte.

Lo curioso de ellos es que realmente no necesitan que nada “grande” suceda, porque lo que simplemente significan que las semillas de lo que tal vez comenzaste a plantar hace mucho tiempo están comenzando a verse, poco a poco.

¿Acaso eso no tiene algo de magia?

A veces, es un pequeñísimo brote verde y aún muy débil, con una frescura que es difícil encontrar.

Sin saber muy bien por qué, un día está ahí delante de ti, y te sientes bien.

 

No puedo ni contar con los dedos de las manos el tiempo que hacía que no sentía eso.

Durante mucho tiempo, había tenido que fabricar con esperanza mis días, sin poder ver más allá de mi esfuerzo y las horas y horas que dedicaba a seguir intentándolo.

No os engañéis, el árbol, el que tengo en mente, el que sé que estoy construyendo, tardará mucho mucho tiempo en crecer.

Pero veo esa pequeño brote saliendo de la tierra y parece que respiro diferente.

Es tan pequeño como real, pero lo más importante es que es mío.

Es…mi brote.

 

Mi cabeza me había repetido mil veces día tras día durante mucho tiempo que era muy difícil que incluso eso pasase, que nunca vería más allá del agua que dejaba en la tierra día tras día tras día.

La misma que desaparecía transparente nada más tocar el suelo.

Mis miedos, muchos días, se encargaban de tramar el resto.

Durante mucho tiempo creí que, tal vez, palabras como felicidad, amor o éxito no estaban hechas para mi. Llegué incluso a pensar que no sería nunca de esas personas capaces de disfrutar de las pequeñas cosas.

Pero no maldigo mis miedos.

Ellos han hecho que la fe en mi sea de una fuerza difícil de explicar.

Cuanto más fuerte gritaban ellos, más libre me hacía yo.

Cuanto más me repetían que nunca sería suficiente, más fuerte me abrazaba a mi misma, por más transparente o invisible que pareciese lo que estaba construyendo.

Cuanto más me decían que lo dejase, más me convencía de que tanto yo como lo que creía merecía la pena, más que nunca.

 

La vida tiene una forma curiosa de pasar, la esperes o no.

Es escandalosamente suya y libre de lo que nadie quiera pensar o hacer.

Cuanto más tratas de sacarla a pasear con correa, más se revuelve y corre libre sin mirar atrás.

Si algo he aprendido, es que siempre será capaz de impresionarme.

Hay días que aún pienso que ella y yo jugaremos a sorprendernos hasta el último día, visibles o invisibles.

Y todo eso me hace sentirme bien, porque sé que, por mucho que mis miedos me griten algunos días que el árbol no crecerá nunca, ella estará ahí para enseñarme lo lejos que pueden crecer sus ramas, tarde lo que tarde en verlas por mi misma.

 

Mientras tanto, yo sigo regando mi brote con transparente y ciega fe de que quedan sorpresas, muchas sorpresas, a la vuelta de la esquina.

Las mismas que esperan a todos los que creen que por invisibles que parezcan sus esfuerzos, los resultados, tarden lo que tarden en aparecer, siempre merecerán la pena.

 

Brindo por las cosas que gota a gota marcan la diferencia.

Y brindo por vosotros.

Gota a gota.