Expectativas Sobre Ti Mismo

Cómo Controlarlas Antes de que Ellas te Controlen a Ti

No sé si os sonará familiar, pero la semana pasada me encontré a mi misma cayendo en antiguas trampas, en las mismas que me prometí no volver a caer cuando empecé este proyecto. Sin darme cuenta tenía ojeras un poco más grandes de lo normal, dolores de espalda de esos que parece que quieren quedarse contigo más de una tarde o dos, una dificultad extraña para quedarme dormida, y una pequeña vocecilla que no paraba de repetirme las millones de cosas que tenía que hacer.

 

Supongo que sí, que es todo un clásico, a todos nos pasa, ¿verdad?. Un poco de agobio por aquí, otro por allá, muchas cosas por hacer… Pero que sea algo “tan común” no es sinónimo de que sea bueno, ni siquiera de lejos, ni tampoco que sea “productivo”. Si os digo la verdad, esa semana que tanto me presioné por cumplir con mis numerosas listas (y, creedme, me encantan esas malditas listas) fue la semana que menos cosas por hacer conseguí tachar. Además, de las cosas que sí taché, tampoco me sentía del todo satisfecha, ya que parecía como que nunca estaban suficientemente “perfectas”.

 

Pero ahí apareció la palabra que me resolvió muchas dudas: “perfectas”.

 

“Perfectas” tenía la culpa de mis ojeras, de mi dolor de espalda, de mis noches durmiendo poco.

“Perfectas” había hecho que trabajase menos y, honestamente, que trabajase peor.

“Perfectas” tenía la culpa de que ni correr ni hacer yoga consiguiesen relajarme lo suficiente.

“Perfectas” me había hecho olvidar el momento presente en el que vivía cada día para llevarme al país que no existe donde todo es o debería ser idealmente (o asquerosamente) “perfecto”.

“Perfectas” respiraba menos profundamente y tenía menos energía.

“Perfectas” revisaba por quinta vez el mismo documento hasta poder enviarlo.

“Perfectas” me recordaba a patrones del pasado que nunca me habían llevado a ningún lugar apetecible.

“Perfectas” secuestraba a mi yo plenamente libre y le volvía esclava de las cosas por hacer.

“Perfectas” prefería tachar una cosa insignificante más de la lista a jugar con ese monísimo perro de la cafetería.

“Perfectas” se reía menos de sí misma.

“Perfectas” inspiraba menos.

“Perfectas” no era esa versión tan auténtica que daba la mejor versión de sí.

Aunque lo peor de todo, con diferencia, es que “Perfectas” hacía las cosas “que tenía que hacer”, SIN DISFRUTARLAS.

 

Así que me despedí de “Perfectas” de la manera más directa y honesta que pude, porque ella desde luego no entiende de sentimientos ni de formalidades y lo cierto es que no podía permitirme que se quedase ni un día más conmigo. Nuestra convivencia no beneficiaba a ninguna de las dos, al fin y al cabo, ella no estaba feliz y yo, tampoco. Mandé a “Perfectas” a hacer su vida y yo rescaté mi boli y papel, mis paseos sin rumbo fijo, y me recordé a mi misma lo bien que se sentía el no vivir atada a esa siniestra palabra.

 

Ayer, además, decidí escribirle esta nota para que sepa a lo que se atiene si decide visitarme otra vez:

 

Estimada “Perfectas”,

Este proyecto me importa, y precisamente por eso no puede limitarse a tu estrecha visión de cosas por hacer. Necesita la frescura de lo desconocido, la libertad de lo no estricto, la complejidad de lo humano, la riqueza de la imperfección y la fortaleza de lo que sólo se define por si mismo.

Este proyecto no se limita a definiciones ni expectativas, y me necesita plenamente presente. Lo que es más importante aún, este proyecto no se trata de mi, sino de todas las personas a las que quiere inspirar, y ellas desde luego no merecen ni tus presiones ni tus exageradas reglas, sino desmesuradas dosis de energía, autenticidad, inspiración y fortaleza.

Sé que tú tienes tus propias definiciones de éxito y fracaso, pero mi definición de éxito preferida es la de disfrutar de lo que soy, lo que hago, y cómo lo hago en cada momento de mi vida.

Para conseguir todo eso, ya tengo todo lo que necesito, aquí y ahora.

Atentamente,

M.

 

 

“Perfectas”, desde luego, no existe (al menos por los datos que barajo hasta la fecha), pero nuestras desproporcionadas expectativas de nosotros mismos y nuestro deseo de perfeccionismo sí, y a ellos les mando esa nota siempre que aparecen, aunque sólo sea porque todos nos merecemos disfrutar de lo que somos y de lo que hacemos, por pequeño que sea, cada día de nuestra vida.

 

¿Qué vas a decirles tú a esos pensamientos cuando aparezcan?